La Tentación de San Antonio – Salvador Dalí

“Hace tiempo, sentía como si se derramase una fuente de misericordia desde lo alto del cielo hasta mi corazón. Pero ahora esa fuente está seca. ¿Por qué?”

Extracto de la ópera La Tentación de San Antonio, de Luis Jaime Cortez.

Hoy me gustaría reflexionar sobre esta obra del pintor Salvador Dalí. Las visiones de San Antonio Abad son otra vez interpretadas por un artista, pero en este caso el artista es Dalí, y por supuesto las alucinaciones místicas son aquí dignas de la imaginería típica del surrealista.

En un desierto daliniano, el santo desnudo se arrodilla y se protege con una cruz ante el desfile de tentaciones que vienen a él: un caballo, los típicos elefantes con patas de araña de Dalí, los obeliscos inspirados en Bernini, mujeres desnudas, castillos, una tormenta… todas representaciones de los placeres terrenales que San Antonio se está perdiendo en su vida de eremita.

En el cuadro aparece toda la iconografía del período clásico de Dalí: erotismo, espiritualidad, misticismo, ciencia, gravedad, atemporalidad… Fue una época en la que el pintor unió dos grandes temáticas en principio contradictorias: la religión y la ciencia. 

 

En 1948 tras su vuelta de Estados Unidos, aproximadamente dos años después de finalizar esta obra, Dalí se convirtió al catolicismo, llegando a autoproclamarse santo, paradoja que parece que encaja de alguna manera en estas interpretaciones del artista.

Observando esta obra, veo un casi fiel reflejo del día a día del cristiano. Un San Antonio desnudo que lucha con la mejor arma que existe, la Cruz. Dos personajes bajo las tentaciones, uno de los cuales porta también la Cruz, y, además queda vigilado por la presencia del ángel, y, por último, las figuras, quizás, de un padre y un hijo que caminan ajenos a la escena, camino de un bello horizonte.

Nosotros, como pecadores, quizás nos encontremos en dos de las posiciones que antes comentaba. En la búsqueda de la santidad junto a San Antonio (porque la Santidad es también para ti, Gaudete et Exultate 14-18) o en una lucha personal contra las ‘tendencias’ como nos muestra la escena del humano al que protege el ángel. Sin embargo, estas escenas algo tienen en común, y como aventuraba antes, es la Cruz. Como diría San Rafael Arnaiz: “mí cruz…, la Cruz de Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso…”.

La acción de la Cruz de Cristo queda perfectamente reflejada en la obra, vemos cómo el caballo, de pezuñas desgastadas por un ajado éxito, se exacerba ante la presencia de la Cruz; cómo la mujer desnuda se comienza a retranquear ante la presencia de la Cruz y cómo, en un ejercicio de imaginación, suponemos que irá cayendo todo el resto de tentaciones que se nos muestran sobre los típicos elefantes con patas de araña.

Bien es cierto que estas escenas pueden ser reflejo de nuestro día a día, pero, sin embargo, pienso que Dalí ha querido destacar, de manera mínima, paradójicamente, la escena de un Padre y un Hijo, ajenos a todo mal y a toda la excentricidad que supone la obra. Ahí es donde debemos fijar la vista: en el Camino del Hijo, marcado por el Padre, esta vez representados en una mínima pincelada, en una esencia minúscula, pero de gran poder, como la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones, testigo de la Divinidad de Cristo, como nos dice Juan 15, 26-27 o San Juan Pablo II en su Encíclica de 1986 “Dominum et Vivificantem”.

Ambos caminan a lo que parece un conjunto de prados verdes y valles y yo, les invito a que tomen un instante para apreciar la obra y reflexionen detenidamente dónde están, dónde quieren estar y hacia dónde quien ir.


 

Daniel Fuentes Campillo

Parroquia Ntra. Sra. del Rosario de Santomera.

Líder de Alpha.

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