“Una ventana al interior”

“Iba por la calle con dos amigos cuando el sol se puso. De repente, el cielo se tornó rojo sangre y percibí un estremecimiento de tristeza. Un dolor desgarrador en el pecho (…) Lenguas de fuego como sangre cubrían el fiordo negro y azulado y la ciudad. Mis amigos siguieron andando y yo me quedé allí, temblando de miedo. Y oí que un grito interminable atravesaba la naturaleza” [1].

¡Qué actuales suenan estas palabras cuando uno se para a contemplar el mundo en que vivimos!

Con la mirada fija en el ventanuco, centro mis ojos en las gentes que pasan por la gran avenida. Mi pensamiento queda absorto en los ojos de un joven de mirada perdida, que camina solo por una de las orillas del puente y que parece estar gritando desde lo más hondo de su ser, agotado del estruendo que produce tanto vacío de sentido. Me abstraigo por un momento e intento entrar en el corazón de aquel adolescente a través de la puerta de mi propia experiencia.

Vivimos en una sociedad que, desgraciadamente, ha perdido, en rasgos generales, el sentido más profundo de su existencia. Caminamos como soledades que se cruzan sin capacidad de entrar en contacto real unos con otros. Las prisas, los propios problemas, el egoísmo y la falta de fe y trascendencia nos empujan a vivir corriendo, sin pararnos a mirar, y mucho menos a escuchar, a aquél que camina a nuestro lado, como los caminantes de la obra de Munch.

Ese vacío, esa soledad impuesta resuena en las calles, en los hogares y en el interior de muchos jóvenes, y no tan jóvenes, como el derribo violento de una gran construcción milenaria que ha ido carcomiendo sus cimientos por el sibilino pensamiento moderno, pensamiento que defiende férreamente la individualidad por encima de la caridad, que es realidad más íntima del ser humano.

Esta situación de pandemia nos está demostrando lo mucho que necesitamos del contacto con los demás, especialmente, de aquellos que amamos y de los que hemos sido separados. Se acabaron los besos, los abrazos, los largos encuentros, las tardes de domingo con los amigos viendo una película, los medios días de tapas… Y nos topamos con el sonoro vacío en el que podemos encontrarnos.

Esta imagen toca en lo más profundo de mi ser y me golpea, despertándome ante mi propio grito, ante mi soledad y la del otro, ante el profundo y absurdo egoísmo en el que podemos caer tan fácilmente… Pero, ¿qué dice realmente ese gemido? Leyendo las propias palabras de Edvard Munch, me doy cuenta: ¡es la sed de Dios!

Sí, he ahí la respuesta al vacío, a la soledad y que, en palabras del Papa emérito, Benedicto XVI, se explica desde una certeza: sin Dios, no hay hombre. Porque es la fe en un Ser trascendente el que otorga gravedad a nuestra vida, pero, aún más, es el amor de Dios revelado en Jesucristo el que nos hace despertar y sensibilizarnos por las necesidades del otro, por el bien del otro, por amor al otro: “amaos como Yo os he amado” (Jn 15, 12).

Cuando uno se encuentra con ese Dios hecho hombre que ha dado su vida por amor, nace el impetuoso deseo y necesidad de evangelizar, de dar a conocer al Único que puede salvarnos de este grito continuo en el que nuestra sociedad, y nosotros con ella, nos vemos inmersos en tantos y tantos momentos: Jesucristo.

Sólo desde el encuentro verdadero con la persona de Cristo podemos dar sentido a nuestra vida y ayudar a los demás a entrar en comunión perfecta consigo mismos, con los demás y con el Sentido y Motor último de toda existencia humana. Sólo el Señor puede tornar el grito en canto de júbilo y acción de gracias en el corazón de la Iglesia.

¡Gracias, amado Jesucristo! ¡Gracias, Madre Iglesia!

[1] Escrito por Edvard Munch en su diario en 1891.


 

María Esperanza Sánchez Reales
Parroquia San Pedro Apóstol de Calasparra

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